martes, 7 de junio de 2016

No sé muy bien qué estoy haciendo con mi vida. La ansiedad se está apoderando de mí y no sé si conseguiré librarme de ella.

jueves, 5 de mayo de 2016

Hace sólo dos semanas estaba feliz, viviendo con la persona a la que quiero, durmiendo abrazada a él cada noche. Y ahora todo ha cambiado, ya no sé si esa persona es quien era, no sé si puedo confiar en él, no sé si debo seguir con esto.

Todo sería más fácil teniendo pruebas, si sabes que una persona te ha puesto los cuernos , le dejas y punto. Pero yo sólo tengo indicios de que quizá estaba planeando ponérmelos. Pero, ¿quién sabe si de verdad lo habría hecho? Esa es la duda que me corroe por dentro, la que me causa esta ansiedad y hace que me duela el corazón. ¿Tendría que dejarlo? Volver a casa de mi madre con la cabeza gacha y teniéndo que explicar que me equivoqué de tío, que no era tan bueno como yo pensaba, que, al final, todos los tíos son iguales, que no te puedes fiar de nadie y que la vida perfecta con la que todos soñamos, no existe y jamás existirá.

Si esto hubiese pasado hace unos meses, no habría dudas, pero hemos avanzado tanto en tan poco tiempo, que ahora no me veo capaz de retroceder. El amor es eso que te engancha y que te hace tomar decisiones estúpidas, lo que te hace sonreír a esa persona, aunque por dentro sólo tienes ganas de gritar y llorar.

Yo ahora sólo grito en silencio. Pero tengo ganas de hacer mi voz sonar.

sábado, 17 de octubre de 2015

Caminaba por la playa, tirando de la correa, intentando que su perra no se desmadrara demasiado. Algo bastante complicado teniendo en cuenta el tamaño del animal y la escasa fuerza que desde siempre había tenido en los brazos. Si a eso le añadimos que, como siempre, iba pegada al móvil, cualquier esfuerzo era inútil. Valoró el riesgo de soltarla y, al ver la playa prácticamente vacía, se rindió antes los deseos de correr de su bóxer. Desenganchó la correa del arnés y disfrutó de las carreras alocadas y los derrapes en la arena con los que su perra tanto se divertía. Deseó poder ser tan feliz, con tan poco. ¿Y por qué no?, pensó mientras guardaba el móvil en el bolsillo y comenzaba a perseguir esa inquiera mancha marrón que corría sin dirección, sin sentido, sin ninguna intención más allá de disfrutar de la velocidad y el tacto de la arena en sus pies. Y ahí fue donde se dio cuenta, ser feliz no es difícil, lo difícil es aceptar que no puedes serlo en todo momento. Quizá sólo haya que disfrutar de los pequeños momentos (como seguir acentuando "sólo").
Hace tiempo que intenté volver aquí, a escribir como antes lo hacía, como si sirviera de algo. Pero no sé por qué, no conseguía que las palabras expresaran lo que yo quería decir. Supongo que cuando pierdes un hábito, recuperarlo resulta complicado. Aunque qué sabré yo de hábitos, si siempre he sido más de caos. Y por eso, aunque escribo y escribo, siempre acabo borrando. No es porque no tenga mucho que decir, si no porque parece que si no lo digo, no está ahí. Total, tampoco hay nadie que quiera leerlo.

lunes, 27 de octubre de 2014

Voy dando pedacitos de mí,
y poco a poco me quedo vacía.

martes, 22 de julio de 2014

Vengo a escribir porque llevo cinco días bebiendo mucho más de lo que debería, y trabajando menos de lo que mis compañeros se merecen (al menos los dos que me caen bien). Y todo iba muy bien, hasta que anoche alguien decidió que yo quedara como lo que ahora se llama "loca del coño", diciendo que yo me había imaginado cosas que él no había hecho. Pero yo, con toda mi dignidad, lejos de quedarme callada, me obcequé en conseguir que reconociera la realidad. No tengo muy claro si al final lo conseguí, porque la conversación la tengo algo difusa, pero al menos sé que el resto de la gente está de mi parte, y que el que pide perdón es el que lo ha hecho mal. Y ahora, me quedan otros cinco días aguantando su mirada, sus intentos de que mi "yo ya no quiero ser tu amiga" se ablande. Y no hay alcohol suficiente para solucionar esto.

jueves, 12 de junio de 2014

Hoy te he vuelto a ver. Ibas muy guapo con tu chaleco de motero y tu moto reluciente. Parecía que estabas de mal humor, pero yo sé que no, que simplemente ibas serio y concentrado, como la mayor parte del tiempo. Porque si no fuera porque me sonreíste de esa manera en aquél pequeño bar, quizá yo también te hubiera tenido miedo, como todos esos niños que se asustaban de ti en el trabajo. Pero no, te acercaste a mí, hablamos y conocí esa parte de ti que menos se deja ver, la que consiguió que me dejara llevar a tu lado. Y ahora, te veo y me alegro de que tú no me hayas visto a mí, porque prefiero pensar que te habrías parado, me habrías ofrecido un casco y habríamos acabado como siempre lo hacíamos, a tener que aceptar que la realidad hubiera consistido en un incómodo saludo entre dos personas que ya nunca comparten el mismo camino.